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WNBA, el paraíso que aprendió a crecer

El camino al éxito de una competición otrora estigmatizada

Breanna Stewart Zandalasini WNBA

Stewart intenta el tapón ante Zandalasini | Lorie Shaull (CC)

La WNBA echa andar en su vigésima tercera temporada. Toda una vida. La mía, al menos. Corría el año 1997 cuando la NBA, por fin, dio luz verde para que su hermana pequeña tuviera entidad propia. Eran tiempos de tiranía en los hombres, sometidos al talento de los Bulls de Jordan en su segunda y letal etapa. Ocho franquicias pusieron su esfuerzo para que aquella idea tan redentora como necesaria tomara forma. De los ocho equipos que cortaron la cinta, sólo cuatro han sobrevivido a estas dos décadas de cambios, incertidumbre y crecimiento: Los Angeles Sparks, Phoenix Mercury, New York Liberty y Utah Starzz (ahora Las Vegas Aces).

El resto, ya son sólo cenizas de un alumbramiento primitivo. ¿Quién se acuerda de las Sacramento Monarchs? Aquel equipo que maravilló en 2005 y jugó otra final más en 2006 lideradas por DeMya Walker, Yolanda Griffith y Nicole Powell. Ellas tocaron el cielo y allanaron la escalada al Olimpo a todas las mujeres que vendrían después. O la dinastía de las Houston Comets, el mejor equipo que jamás verá la WNBA. Cuatro títulos consecutivos con un roster de jugadoras irrepetibles e icónicas.

Auténtica pioneras en la lucha de los derechos de la mujer en el ámbito deportivo. Cooper, Thompson y Swoopes. El primer Big Three de la historia. De Charlotte Sting es difícil acordarse, pero llegaron a unas Finales en 2001 ante las Sparks. Claro que Lisa Leslie hacía desaparecer franquicias como Thanos planetas, a golpe de chasquido. De Cleveland Rockers poco se puede decir, no aguantaron más que seis años, pero ahí estuvo Lynette Woodard dando la cara por todos.

La mega previa de la WNBA 2019

En fin, qué lejos quedan los inicios, qué gratificante es el presente y qué pinta tiene el futuro. No siempre fue así. Lo que ahora es un paraíso antes fue un yermo. Uno aislado, caluroso, mal comunicado y con poca ventilación. Al dominio texano lo sucedió un bienio angelino muy intenso, pues coincidió de lleno con el apogeo de Shaq y Kobe en los primeros compases del siglo XXI. La fiebre amarilla no tenía vacuna para ninguno de los géneros de la raza humana. De Leslie pasamos a las Shock de Bill Laimbeer. Un equipo que ganó tres anillos en seis años y jugó otras Finales. Un núcleo compacto, hecho a imagen y semejanza del carnicero de Boston. Por Detroit pasaron diosas de la entidad de Swin Cash, Deanna Nolan, Katie Smith o Cheryl Ford. Se dice pronto.

Entre medias vivimos el mencionado anillo de Sacramento y el primero de los tres que posee Seattle, con Sue Bird y Lauren Jackson liderando la nave. Sin embargo, el gran milagro que cambió la historia del baloncesto femenino tuvo su origen en 2004 y explotó en 2007. Diana Lorena Taurasi. La mejor jugadora de todos los tiempos. Talento, inteligencia, vida eterna y fe al servicio del baloncesto.

Con ella el movimiento WNBA empezó a transformarse en un fenómeno global. Lleva luchando por la igualdad de sexos desde que tiene uso de razón y lo ha hecho de la única forma que entiende: a través del baloncesto. Una ganadora de carisma insuperable que ha llevado a Phoenix a cotas que el equipo NBA ni en sus mejores sueños logrará. Tres anillos y un legado irrepetible. Taurasi lleva liderando la liga desde que entró y sigue haciéndolo a pesar de que el ocaso empiece a asomar a su puerta.

Conviviendo con los éxitos de Phoenix y Seattle, una nueva dinastía empezó a tomar forma en Minnesota. Las Lynx. Equipo en mayúsculas. Quizá no han tenido el torrente de talento puro que aunaron en Houston, pero el perfil de inteligencia colectiva de sus jugadoras unido al liderazgo de una supernova como Moore ha bastado para cosechar cuatro títulos desde 2011. Perfiles como Augustus, Fowles, Howard o Whalen son argumentos más que suficientes para explicar un dominio tan apabullante en la última década.

Indiana, Phoenix y Sparks tocaron el cielo en la era Lynx, lo cual tiene un mérito tremendo. Tamika Catchings, la dupla Taurasi-Griner o Candance Parker son las estrellas que dominaron en los años democráticos. Todo esto antes de que la WNBA conociera a su nueva emperadora, Breanna Stewart. Marcada por la tragedia y nacida para gobernar, la dulce Stewie cerró la última temporada conocida en la WNBA con una exhibición dentro y fuera del parqué. Ahora repone fuerzas tras haber sido vapuleada por las hermanas del destino, pero quién duda que volverá a su trono en 2020.

NBA 2K se mete de lleno en la WNBA

La WNBA ha vivido un milagro en términos de audiencia que parece repentino o fruto de la casualidad, pero no es sino el resultado de una lucha que llevan librando más de dos décadas. Una guerra que ha compartido escenario con la normalización de la mujer en el entorno deportivo y cultural. Es increíble que hayamos tenido que esperar a presenciar una era de amazonas tan espectacular para aceptar lo que es la WNBA, una competición de élite donde juegan las mejores y que merece el respeto de toda la sociedad. Aplicable esto al resto de deportes y competiciones baloncestísticas femeninas, por supuesto.

Sin embargo, negar un avance bastante significativo es de necios. League Pass al alcance de todo el mundo, varios canales de calado nacional emitiendo en Estados Unidos cada uno de los partidos y un seguimiento en redes y medios que no hace sino confirmar la evidencia de la evolución social del último lustro. Cuando, por desgracia, te niegan la gloria por culpa de los estigmas y las etiquetas, tienes que ser doblemente fiel a tus principios para demostrar con tu trabajo lo equivocado que está el mundo. Ellas lo han hecho, y esto es sólo el principio de un camino maravilloso.

En 2019, además, será la primera vez en la historia que la WNBA tenga comisionada. Cathy Engelbert tendrá el honor de ser la primera mujer en su cargo, aunque sus labores no empezarán a notarse hasta el primer tercio de la temporada, que es cuando acaba su contrato laboral actual. Nuevo logo, nueva temporada y nuevas ilusiones. Salvo por tres bajas ilustres, las ganas de WNBA no pueden ser más elevadas. Ellas no fallarán, nunca lo han hecho.

God save them.

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