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Paul Pierce y los Celtics, una historia de amor

Hay amores tan bellos que justifican todas sus locuras. Paul Pierce y los Boston Celtics nos dejan una historia de novela.

Las buenas historias son las que llegan al corazón, las que emocionan el alma. Los relatos que conserva la memoria son los que realmente merecen la pena. Porque en ciertas ocasiones, por mucha tragedia que obstaculize la felicidad de los protagonistas, la verdad termina imponiéndose.

Este no es un relato de estadística avanzada, de análitica o de números. Esto es lo que rige la NBA actual, la métrica avanzada. Sin embargo Paul Pierce siempre ha sido diferente, ajeno a todo ello. La historia de Pierce es una historia bañada de verde, con puñales de dolor y unos toques de felicidad que superan cualquier adversidad. Una historia que pone su punto y final con la vuelta del #34 a los Boston Celtics.

 

El origen de la verdad

Hay cientos de historias para explicar a Paul Pierce, pero todas nacen del mismo punto: la verdad. Una característica que nació de la forma menos esperada, en el rincón más escondido de uno de los puntos de ebullición del baloncesto mundial.

“Mi nombre es Shaquille O’Neal y Paul Pierce es la jodida verdad. Cítame en eso y no quites nada”.

Era el 13 de marzo de 2001. La regular season tocaba a su fin y se enfrentaban los dos eternos rivales. Sin embargo la situación no podía ser más dispar. En el Staples, los locales eran los actuales campeones y aún esperaban dos Larry O’Brien más por levantar. Los visitantes, en plena reconstrucción y uno de los equipos fondo del Este.

Aquella noche Pierce dio una exhibición técnica de todos los colores y movimientos posibles. A sus 23 años el alero se marchó hasta los 42 puntos en una serie de 13 de 19 en tiro. Fue el estantarde verde en un encuentro que los Celtics perdieron de solo cinco puntos.

Tras el partido Shaq se dirigió, en un rincón del vestuario angelino, al cronista Steve Bulpett para recitarle la aclamada cita. Una que O’Neal dijo de forma natural, sin esperar todo lo que vino después. La creación no de un apodo, de un jugador. El nacimiento de una leyenda.

Las puñaladas y el sacrificio del héroe

Por icónica que sea la historia del apodo, no es la más conocida de Pierce. Sino un desarrollo trágico que terminó en susto. Un relato que nuevamente muestra el alma de Pierce. La historia de cómo sobrevivió a once puñaladas, incluyendo una que alcanzó su pulmón.

Conocida por todos, la historia de Pierce y la supervivencia ante las puñaladas es casi milagrosa. En este capítulo de su vida dejó una cita que enseña mucho de él. Poco antes de ser intervenido, con la muerte acariciando a Paul, el jugador preguntó: “No han alcanzado mi brazo, ¿verdad?”. Diez días después estaba en el Garden, listo para jugar a su vida, el baloncesto, en su amor, Boston.

Unas puñaladas tan reales como las que sentía años después. Temporada tras temporada Pierce se vacíaba en un equipo que no era candidato al título. Llegó en la década maldita de los Celtics, los 90, y él creía seguir en ella. Un héroe solitario que salvaba cada noche a la mejor franquicia de la historia. Sin equipo alguno, sin el reconocimiento merecido.

 

El amor de su vida

La llegada de Danny Ainge al “front office” de Boston supusieron años de rumores. Hasta el glorsioso verano de 2007 Pierce se vio envuelto en decenas de noticias que le situaban en otros equipos. Él quería ganar en Boston, pero le exigió a Ainge resultados. Y así Ainge lo hizo, mientras Pierce seguía comprometido al máximo.

Con Kevin Garnett y Ray Allen, Pierce conectó como nunca. El propio Garnett dijo que cuando entrenaron por primera vez parecían llevar 20 años juntos. Nunca un equipo armado de tal manera, en un verano y cambiando de forma drástica absolutamente todo, tuvo tanto éxito.

Así Pierce tuvo su éxito reconocido. Las Finales de 2008 fueron el gran festín de los Celtics. Porque 22 años de sequía son suficientes para los verdes, demasiados, y Pierce simboliza el sufrimiento y la adversidad que tuvieron que superar para volver a sentirse en el cielo. Para volver a ser los señores del baloncesto.

Unas Finales en las que incluso el azar quiso coquetear con el destino de los verdes cuando Pierce cayó al suelo en el primer partido. El silencio total del Garden era la cruel imagen del desierto que vivieron los Celtics hasta ese momento y de cómo pudo torcerse todo. Pero no con Paul Pierce. No con un auténtico guerrero de sangre verde. Nadie iba a arrebatarle ese momento.

 

La reconstrucción y el canto del cisne

En el Draft de 2013 se confirmó el traspaso que más escritos y debates ha dado desde entonces el deporte americano. Pierce, Garnett y Jason Terry iban rumbo Brooklyn a cambio de los famosos Nets “picks”. Paul convenció a Kevin de que tendrían una última oportunidad de anillo, aunque sin saberlo se convertían en el futuro de los Celtics.

Pierce se marchó para nunca volver a jugar como un Celtic. Pero en su marcha dejó la puerta lo suficientemente abierta como para que entrase el futuro de los verdes. Un futuro que ya es presente, con un equipo reconstruido y que amenaza el reinado de LeBron en el Este. Pierce no lo sabía, aunque estaba ayudando más que nunca a Boston.

Hasta el 5 de febrero de 2017. Otra fecha grabada con hierro candente en el corazón de Boston, los aficionados célticos y Paul Pierce. La última vez que pisaba el Garden como jugador. La última vez que se arrodillaba para besar a Lucky el “leprechaun”. La última vez que le ovacionaban en activo como el héro verde que es.


Porque podría escribirse un libro entero de este jugador, de su significado y su romanticismo. Un enamorado del balón que perdía su cabeza por los Celtics, a pesar de odiarlos de joven por ser aficionado Laker. Una historia de novela que toca a su fin. Aunque como se dice de las buenas historias, nunca terminan si llevan a un final feliz.

Un final idílico tras un desierto de dolor y ostracismo. La historia de amor entre Paul Pierce y los Boston Celtics.

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