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El Oracle Arena se despide de manera cruel

Los Raptors ganan a los Warriors en el sexto partido y se llevan el anillo.

El Oracle Arena, santuario del baloncesto desde hace muchos años, no podía vivir una despedida más desagradable. La lesión de Kevin Durant, icono de las tres últimas temporadas de los Warriors, ya fue un golpe muy duro (a nivel deportivo, emocional y salarial). El de esta madrugada, sin duda, aún lo ha sido más: han perdido la serie y, en consecuencia, la NBA. Pero también han perdido a Klay Thompson, y eso duele aún más en el corazón de una afición que ha vivido una montaña rusa de emociones y que desde ahora, con la incertidumbre más absoluta, deberá ver cómo Bob Myers toma decisiones drásticas. Sean las que sean.

Tendremos tiempo para poner en una balanza la gesta de los Raptors, el futuro del oeste y el cambio de rumbo de la agencia libre. También tendremos tiempo para debatir sobre qué pasará con el fondo de armario de los Warriors el año que viene y sobre qué camino trazará Kawhi Leonard. Pero ahora toca centrarse en la rama emotiva de la final, que es muy extensa.

 

Una noche de olvido para el recuerdo. La frase de Iguodala, el rostro de Curry y el agradecimiento del Oracle Arena

Que los Warriors son una familia bien avenida es un hecho que se ha demostrado este mismo año. Ha habido un cúmulo de adversidades brutal: los dedos dislocados de Curry, la dureza (en el mejor sentido) de los Rockets, las idas y venidas de DeMarcus Cousins, la fractura de Looney y las lesiones que ya sabemos. Y entre todos estos elementos, que han ocupado las páginas principales de todos los noticiarios NBA, encontramos una frase de Iguodala que sintetiza el valor del jugador que es, según podemos entender, el alma de los Warriors: Stephen Curry.

Cero MVP ‘s en finales de la NBA, ciertos sectores del periodismo casual del estado decididos a restar valor a sus actuaciones y un buen grupo de aficionados que intenta desacreditarle. Pero no se ha escondido, que no os quepa duda. Curry, esencia de los Warriors, ha sido el denominador común de todas las eliminatorias y ha sido también el jugador que se ha visto enjaulado en una defensa poco vista (o muy raramente) en la NBA: la caja y 1 (más valor conceptual que táctico). Y sin embargo, Stephen Curry ha dado la cara.

El problema que tiene la opinión pública con Curry es que suele quedarse con dos detalles que no lo definen como jugador: el primero, evidentemente, el triple fallado en el último instante que podría haber dado la victoria a su equipo. El segundo, como tampoco podría ser de otra manera, las estadísticas simples. No lo olvidemos: en unos PO, las estrellas tienden a ser mucho más protagonistas y suman con más «egoísmo». El problema es que los Warriors no son eso, y Curry aún menos: si la circulación no fluye y los receptores no están activos o no son eficientes, la filosofía se desnaturaliza. De Klay, KD y Green a Cook, Looney y un DeMarcus Cousins ​​deplorable.

Los Warriors se han roto de la manera más cruel posible. El último partido en el Oracle antes de partir hacia SF debía ser una fiesta: más allá del resultado final, que esperaban que fuera una victoria -evidentemente-, la gente tenía ganas de obsequiar con un merecido baño de masas a Curry, Klay, Draymond Green, Iguodala y compañía. La noche, sin embargo, ha sido tenebrosa.

La lesión de Klay Thompson, por su vínculo y por la manera de darse, resulta muy dolorosa. Más allá de la situación contractual, que merecerá ser analizada con calma y serenidad, Klay es uno de los emblemas del proyecto. Prescindir de él sería prescindir de un trozo muy grande de la cultura que han forjado y, sobre todo, prescindir del compromiso. Porque sí: se rompió la rodilla, pero lo que él decía era verdad. Si de él hubiera dependido, habría vuelto al cabo de dos minutos. Sin duda.

24/41 en triples, un mensaje a Kevin Durant y mucho sentido común. Quien hoy no entienda que el valor de Klay Thompson va más allá de todo lo que tiene que ver con el balón dentro y fuera de las pistas, a decir verdad, tiene un problema. El mejor spacer de los tiempos recientes. Y el más eficiente de la historia.

 

La mejor noche de la historia de los Raptors

Toronto, el Jurassic Park y todos los lugares de Canadá (con la infinidad de «mini Jurassic Parks» que han nacido durante los últimos días) respiran ambiente de fiesta desde hace unas horas. La sensación del primer anillo es equivalente, evidentemente, a tocar la gloria. De la mano (inmensa) de Kawhi Leonard, el conjunto canadiense ha escrito la primera página importante de un libro de historia que, según el transcurso de los acontecimientos, puede necesitar uno o más volúmenes este verano. Ahora no es momento de hablar de ello.

La primera vez siempre es especial. Y Kawhi Leonard es una de esas personas que todos desearíamos tener dentro de nuestra rutina: tiene ese carácter que, sin transmitir nada concreto, sí que te asegura éxito (no debemos asociarlo al anillo). Como quien no quiere la cosa, Kawhi ha liderado el cambio cultural de los Toronto Raptors recogiendo una herencia sobrecogedora pero limitada de DeMar DeRozan y ha convertido la presión en motivación. Nunca, antes del final del Game 6, vimos ninguna sonrisa. Después de ganar, eso sí, euforia.

Y Marc Gasol. Marc es uno de los grandes nombres de la final. Más allá del valor sentimental que tiene para los aficionados estatales (nosotros), el pequeño de los Gasol (NBA) es el artífice de los mejores momentos de juego del conjunto canadiense. Marc, point center por excelencia, da criterio al juego y suple con su categoría los huecos argumentales de cualquier planteamiento.

El gran nombre, sin embargo, es el de Masai Ujiri. El GM de los Raptors hizo una apuesta: todo al 2. Y de momento, se quede o no Kawhi Leonard, ya le ha servido para ganar su ansiado anillo. Competir a corto plazo, si tienes opciones de ganar, es mejor que cualquier reconstrucción. Bueno, llevemos esto al extremo: si siempre ganas, reconstruir es innecesario. Y convertir esta consigna en premisa básica, quieras que no, también es un proyecto. La NBA es fría: quien más merece el anillo, desafortunadamente, ha tenido que verlo desde la otra punta de Estados Unidos con una tristeza que nunca le abandonará. Pero son las normas del juego.

 

De Kyle Lowry a Fred Van Vleet pasando por Kawhi Leonard

Hay que hablar de los protagonistas secundarios. El Game 6 de los Raptors (el que les da el anillo) es, de alguna manera, el conglomerado de las virtudes que elogiábamos durante la temporada regular de la plantilla de Nick Nurse: profundidad, varios protagonistas y mucha ambición.

Kawhi Leonard ha sido el eje de los Raptors durante los playoff, como no podría haber sido de otra manera. ¿Qué equipo no se basaría en su estrella cuando le llegan los atascos? Pero hay cosas que vale la pena que no olvidemos, como por ejemplo la exhibición de Fred Van Vleet desde que supo que ya era padre o, aún mejor, la historia de redención de Kyle Lowry.

Nunca seremos suficientemente justos con Kyle Lowry. Ha sido el chivo expiatorio de muchos fracasos, y prácticamente siempre la atribución de dichos fracasos ha sido injusta. Muy injusta, de hecho. Kyle, este jugador aparentemente gordo y torpe, que lo hace todo a trompicones, es un cóctel fantástico de entrega, compromiso, inteligencia y talento. Y coraje. Y espíritu de equipo. Quién nos iba a decir que este jugador, anímicamente destrozado tras el adiós de su mejor amigo, sería el primero en demostrar carácter anoche. ¡Qué primer cuarto! ¡Qué fase final a partir del segundo partido de la primera ronda! ¡Qué líder de vestuario! Kyle Lowry es ese alumno que sabes que, le vaya peor o mejor la materia, siempre llevará los deberes hechos. Y si tiene alguna duda se la apunta, la pregunta y la resuelve. Y eso es lo que quiere cualquier profesor.

 


 

El Oracle Arena se despide de la NBA con una imagen que no es la que le pertenece. Los Warriors son alegría, plenitud y circunstancias positivas. Kerr es un genio. Curry es historia viva. Klay y Draymond Green, iconos. Kevin Durant es indefinible. Y Bob Myers es un arquitecto increíble. Haremos bien, TODOS, de recordar a los Warriors por lo que son y no por lo que nos dejan en la retina. Lo merecen ellos y lo merecemos nosotros, que los hemos disfrutado y sufrido durante los últimos cinco años. Y quién sabe si podríamos acabar viviendo una nueva secuela del proyecto.

 

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