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La lucha de la WNBA

La WNBPA ha roto el convenio colectivo y la liga se asoma al lockout. Analizamos la historia reciente y los motivos.

Elena Delle Donne ante las Indiana Fevers de la WNBA

Elena Delle Donne ante las Indiana Fevers de la WNBA | Keith Allison (CC)

Cuando Nneka Ogwumike anunció públicamente la salida del CBA, nadie con conocimiento sobre el tema o un mínimo seguimiento de la competición se pudo sorprender. La presidenta del WNBPA confirmaba que ‘opt-out’, que las jugadoras no aceptaban esa opción de mantener un año más el convenio colectivo. Por qué, preguntarán los neófitos. Porque a día de hoy, además de cobrar una centésima parte de lo que un equipo NBA –comparando salario medio–, se sienten maltratadas, difuminadas, ocultadas. Se sienten invisibles

Ogwumike solo fue la ultima y definitiva gota que colmó el vaso. Pero la lucha por los derechos viene de lejos. En 2014 se firmó el nuevo CBA, hasta 2021 pero con opción para salirse desde 2019: han aplicado a la primera oportunidad. El 31 de octubre, cuando acabe la próxima temporada WNBA, jugadoras y patronal tendrán que negociar un nuevo marco laboral. Y casi todo, por darle un toque no económico, apunta a la repartición del BRI. 

¿Qué es el BRI? Se trata del Basketball Related Income, el beneficio correspondiente a los jugadores. En el caso de la NBA, es del 50%. En el caso de la WNBA, nunca se ha hecho público pero se estipula entre el 16 y el 20% según diferentes estudios (Forbes, por ejemplo). Minúsculo. Casi insultante. Una franquicia WNBA puede gastarse 972.000 dólares en jugadoras una temporada: por doce contratos, algo más de 80K por jugadora. 

En la NBA, salary cap se ha disparado hasta superar los 100 millones, por 15 fichas, más de 6.5 millones. El salario medio NBA equivale a siete equipos WNBA. El contrato de John Wall el año que viene (40 millones) se equipará a todos los salarios de la WNBA… durante tres temporadas y media. 

Breanna Stewart intenta el tapón ante Zandalasini | Lorie Shaull (CC)

Alternativas a la WNBA

Y si desde hace años, el sueño de cualquier jugador es llegar a la mejor liga del mundo, la necesidad de cualquier jugadora es salir de la WNBA. Al menos durante la temporada FIBA. Según la propia liga, más de 60 jugadoras con contrato la pasada temporada están jugando en la actualidad en alguna liga del mundo. Desde China hasta España, pasando por Turquía o Rusia, las favoritas, o incluso Bielorrusia o Corea del Sur. Lejos de la fama y los focos… solo por el dinero. 

El sueldo mínimo de la Euroleague femenina es el doble que el de la liga de Estados Unidos, 50.000 dólares. La #1 del pasado draft, A’ja Wilson, gana $53.000. Según la web High Post Hoops, el salario más alto de la WNBA no llega a los 130.000 dólares. En 2015, Diana Taurasi cobró $1.5 millones del Ekaterimburg más un extra para que no volviera a jugar WNBA aquella temporada. Aceptó, claro

Y este ritmo, sin descanso, con estrés y por necesidad, acaba pasando factura. Física y mental. Liz Cambage estuvo cuatro años sin volver a la WNBA y se quedó en su Australia natal. Otras, en Rusia o Turquía pese a la inestabilidad social y el miedo. “Pensé mucho sobre la decisión de jugar en Turquía y al final, fue la decisión correcta para mi. Los beneficios eran mayores al riesgo”, dice Danielle Robinson, la entonces escolta de las San Antonio Stars. 

Junto a ella, otras 23 jugadoras de la WNBA forman parte de la liga turca de baloncesto. Y algunas de ellas, como Chelsea Gray o Jantel Lavender, estaban en la discoteca de enfrente al tiroteo de fin de año en 2016, que acabó con la vida de 39 personas. La liga tuvo que emitir un comunicado asegurando que todas las jugadoras estaban bien, quizás el caso donde la seguridad de una deportista ha estado más comprometido. 

“Ha sido honor jugar aquí, pero este año ha sido demasiado peligroso. No sé si seguiré jugando el próximo año” decía Shavonte Zellous, jugadora de las New York Liberty. En ese aspecto, la WNBA llegó hace años a un acuerdo con LiveSafe, una plataforma de seguridad vía app para que las jugadoras puedan comunicarse desde Turquía, Rusia, China o cualquier otro país. 

Kelsey Plum Fenerbahce WNBA

La camiseta de Fenerbahce de Kelsey Plum, número 1 del draft y jugadora de las Las Vegas Aces | Sakhalinio (CC) (modificada por Alejandro Gaitán)

Más allá del dinero

Pero al final, el dinero es solo el resultado, la consecuencia. Si miramos la lista de causas, todo empieza a tener mucho más sentido. Y la propia Cambage nos hizo una lista de necesitades, casi una lista de la compra. Prioridad número uno: tratar a las estrellas de la liga como estrellas. “La WNBA siempre dice que es la mejor liga del mundo, pero no trata a las jugadoras como tal”. 

Cambage apunta directamente a la venta de productos como problema. No hay afinidad entre equipos –o jugadoras– y afición porque las franquicias pasan inadvertidas y las jugadoras son ignoradas. En la web de la WNBA, esta es la camiseta de las Dallas Wings que se puede comprar [imagen de abajo]: sin nombre de jugadora (Cambage, Skylar Diggins-Smith, por ejemplo) y en donde no aparece el nombre del equipo. 

Dallas Wings WNBA

Captura de pantalla de la web WNBA (vía SB Nation)

El marketing es solo uno de los motivos por los que Cambage y el resto de la liga han protestado. Otro, quizás el más popular esta temporada, son las condiciones de viaje: las jugadoras WNBA viajan en charter, ya sea para ir de Seattle a New York o de Washington a Los Angeles. Vuelo regular, como tú y yo. Las jugadoras de Las Vegas Aces, que pasaron 25 horas en un aeropuerto tratando de viajar a la capital. Llegaron cinco horas antes del tip-off y decidieron que lo mejor era no jugar ese partido y aceptar la derrota. 

En la NBA, la normativa del CBA estipula que “Ningún equipo que tenga que cruzar doos zonas horarias será obligado a jugar un partido en el mismo día, excepto inusuales circunstancias o que la NBPA lo consienta, con algún motivo especial”. Y viajando siempre en aviones privados, por supuesto. 

Proteger y mostrar a las estrellas, cuidar a las jugadoras a la hora de desplazarse y por último, espaciar la temporada. Porque una jugadora de élite no sabe lo que son las vacaciones. En Mayo empieza el training-camp para jugar en la WNBA desde Junio hasta Septiembre, Octubre si consigue meterse en las finales. Y para Octubre ya han empezado todas las competiciones FIBA hasta el ya mencionado mes de Mayo. Solo China acaba antes, en Marzo, y permite unas pequeñas vacaciones.

Y se tiene que añadir el posible Mundial o Juegos Olímpicos que cada dos años en verano, acorta la WNBA un par de semanas, jugando eso sí, los mismos 34 partidos. De promedio, un equipo ha jugado dos back-to-backs esta temporada, muchos teniendo en cuenta que hay 90 días y 34 partidos por disputarse (se podría jugar con 2.6 días de diferencia). 

A'ja Wilson WNBA Las Vegas Aces

A’ja Wilson, último pick #1 de la WNBA, lucha por el rebote | Lorie Shaull (CC)

El cambio también es social 

Kaepernick fue el primero en hincar la rodilla protestando contra la violencia ante personas de raza negra. Las Indiana Fever lo hicieron al completo, todo el roster, en Septiembre de 2016. Meses antes, jugadoras de las Fever, Phoenix Mercury y New York Liberty fueron sancionadas por usar camisetas de calentamiento negras, también a modo de protesta. Lisa Borders intervino y la sanción fue retirada. 

“Hay todavía problemas de justicia social que deben abordarse en este país. No espero que las jugadores den un paso atrás. Espero que se mantengan totalmente comprometidas” aseguraba la propia Lisa Borders. Y es que la WNBA es, muy probablemente, la liga que mejor responde a las problemáticas sociales que sacuden a los Estados Unidos y al mundo entero. 

Breanna Stewart, en Enero de 2017, salió a la calle a protestar ante la prohibición de viajar a los ciudadanos de siete países musulmanes al aeropuerto de Los Angeles. Antes, firmó una carta (junto a otras 15 jugadoras WNBA o deportistas como Kenneth Faried y James Blake) contra la prohibición de la hijab por parte de la FIBA. Y en su discurso, tras ganar el ESPY a la mejor atleta, hizo una llamada a la igualdad en el deporte. Y su equipo, las Storms, le apoyaron en todo momento. 

Otras jugadoras como Briann January formaron parte de la marcha de mujeres en Enero, defendiendo los derechos de las mujeres. O el perfil de Layshia Clarendon, una defensora de LGTBQ+, lesbiana y no conforme con el rol de genero actual de la sociedad. Una figura clave en la protesta social de la WNBA. Incluso la propia WNBA, junto a la NBA y la asociación de jugadores, por la igualdad de roles. 

La liga por fin ha entendido que no somos solo atletas, que somos historias, que somos personas que tenemos que lidiar con lo que pasa en la sociedad” explicaba Mistie Bass, actualmente agente libre. “Y que tenemos una voz que queremos usar”. Por primera vez, se hace una campaña de publicidad digna para la temporada, watch me work, coincidiendo con el 20 aniversario de la liga. Literalmente una, solo se rodó un anuncio. 

¿Y ahora qué?

El siguiente paso es claro, evitar el lockout. Negociar el nuevo CBA una vez acabe la próxima temporada, pese a no tener un líder a la cabeza. Lisa Borders, la comisionada que dirigió la liga desde Febrero de 2016, dejó el cargo por el puesto de CEO en Time’s Up el pasado mes de Octubre. Y su heredero, de manera interina, es el siempre recurrente Mark Tatum, también deputy commissioner de la NBA.

A falta de nombrar un comisionado 24/7 (suenan mucho Bethany Donaphin y Pamela El), las negociaciones serán entre una liga que vive el mejor momento de su carrera y un Tatum que responde al mismo tiempo por los intereses de la WNBA y la NBA, dueña en un 50% de la liga femenina. Y el juego sucio ya ha empezado.

“La liga ha sufrido pérdidas increíbles desde la creación hace 22 años, incluida una pérdida de $12 millones solo la temporada pasada, pero esas son inversiones que la NBA está haciendo, y la WNBPA tiene todas esas finanzas. Ellas tienen acceso a esa información”

En 22 temporadas, seis franquicias han desaparecido y ha habido diez reubicaciones, la última en 2017 con las San Antonio Stars trasladando el equipo a Las Vegas. Solo las Mercury, Sparks y Liberty aguantan desde la temporada inicial. Incluso las Houston Comets, que ganaron los cuatro primeros anillos, acabaron desapareciendo en 2008. Pero la situación ha cambiado: si no es positiva todavía, al menos sí es estable. 

Desde 2009, cuando las Monarchs de Sacramento desaparecieron, la liga se ha mantenido fija en 12 franquicias, ha habido solo dos movimientos (San Antonio a Las Vegas y Tulsa a Dallas). Y la temporada 2016 fue, seguramente, el punto de quiebre. Desde entonces, con la llegada de Breanna Stewart a la liga, la WNBA no ha parado de crecer. En audiencia, en marketing, en dinero, en calidad… en imagen. Así fueron los últimos segundos de las WNBA Finals de 2016. 

¿Pero qué han recibido las jugadoras a cambio? Lesiones, sueldos bajos, críticas por protestar y pedir lo que les pertenece, comentarios machistas –nunca fallan– y que el foco salga de lo más importante, el baloncesto.

Recibir, por ahora nada. Por ahora.

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Esta misma semana salía publicada la noticia de Kristi Toliver, pick #3 del draft, 2x All Star, MIP de la WNBA en 2012 y campeona con las Sparks en 2016, además de muchísimos títulos en Europa. Este año, Toliver ha decidido que en lugar de ir por el mundo buscando un buen contrato, se quedaría en Washington siendo asistente, cuidando su cuerpo. 

Pero hay un gran problema contractual. Los Wizards son propiedad de MSE (Monumental Sports & Entertainment), al igual que las Mystics. Y que cualquier sueldo que Toliver reciba por trabajar como asistente, saldría de los $50.000 que cada franquicia WNBA tiene para pagar a sus jugadoras por trabajos off-season. Normativas del antiguo régimen del CBA. 

 

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