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Los Rockets vuelven a ser el equipo más eficiente

Tras un arranque de temporada pésimo, los Rockets -ya sin Carmelo- recuperan su característico rendimiento.

Tras más de un mes de competición, una de las noticias que más esperábamos ya es oficial: los Houston Rockets han vuelto. El ambicioso proyecto de Mike D’Antoni y Daryl Morey, basado en optimizar al máximo las virtudes de cada jugador, sufrió una grave crisis identitaria con el adiós de Trevor Ariza y la posterior confección de la plantilla que desembocó en un choque entre la filosofía de la gerencia y las características de la plantilla y que dejó al borde del abismo la estabilidad y el crédito que se habían ganado. Una crisis que, tras las victorias contra Nuggets, Indiana, Warriors, Kings y Pistons, ha tenido que ceder el paso a la tranquilidad.

Ciñéndonos a términos deportivos, cada victoria se sostiene en un elemento táctico diferente: no es lo mismo el intercambio de golpes contra los Kings, la necesidad de trasladar el partido a un ecosistema up tempo contra Detroit (aprovechando la lentitud del rival en el balance defensivo) o la exhibición de amor propio contra Golden State que las victorias basadas en el control del rebote, del ritmo y de las acciones de “iso” contra Denver y Indiana. Porque sí, que nadie lo olvide: los Rockets, en su mejor momento, son una máquina capaz de controlar cada detalle del juego. O casi cada detalle.

Hay quien dice que esta resurrección se debe a haber prescindido de Carmelo Anthony, un jugador que no encajaba en el equipo y que sigue en su cruzada particular para encontrar un nuevo rol en la liga. La realidad, sin embargo, es que la mejora de los vaqueros va mucho más allá de esta baja y que, al igual que la mayoría de las cosas que suceden en el mundo del baloncesto, puede explicarse gracias a lo que vemos en la cancha.

 

CP3, igual de productivo pero más selectivo; Harden sonríe

CP3 comenzó la temporada visiblemente fuera de ritmo y nada acertado. Además, por culpa de unas molestias físicas que ya hace tiempo (demasiado) que le acompañan, no pudo ayudar a recuperar el rumbo del equipo durante el célebre bache de octubre.

Pocos bases -quizás Curry y nadie más- interpretan mejor a día de hoy el contexto de un partido que Chris Paul. Junto a Harden, forma un equilibrio perfecto y un tándem temible. Desde su regreso los Rockets vuelven a tener dos registros de juego (más pausa con CP3 y más anarquía con La Barba) y son infinitamente más imprevisibles. CP3 es imprescindible en Houston porque favorece las virtudes off the ball de Harden (y se descargan mutuamente a la hora de generar) y, además, alimenta constantemente a Clint Capela.

Con Harden, CP3 y el suizo sumando minutos juntos el equipo tejano anota más triples que el rival (4’7 más), neutraliza absolutamente el balance de pérdidas (nunca concede más que el rival, que además pierde 4’4 ya sea ​​de manera forzada o no), asiste más que el rival (2’4 asistencias más por partido) y rebotea más y mejor que el rival (mérito especialmente de Capela). En definitiva: su “big three” es el más eficiente de la liga.

El funcionamiento de estos Rockets es sabido por todos: dos jugadores tienen el balón y deciden mientras que los otros tres, salvo pequeñas licencias muy concretas en contextos muy determinados, deben producir mucho con muy poco protagonismo. Vivir de lo que las dos bestias generen. Esta fue la fórmula del éxito la temporada pasada y también debe ser la de la presente.

El valor de las alas

Sin Ariza ni Luc M’Bah A Moute, dos de los grandes socios de James Harden y Chris Paul la pasada campaña, la gerencia de los Rockets era consciente de que había que reforzar el equipo. Estos Rockets, que se caracterizan por la libertad total y por el dominio absoluto de dos de los mejores “ball handlers” de la liga, no se entenderían -al menos no en su mejor momento- sin la presencia de aleros que aporten movimiento, polivalencia, funcionalidad , amplitud y juego sin balón.

Ennis no es Ariza, cierto, pero es un jugador clave en ataque. A pesar de tener mucha más tendencia a finalizar en situaciones cercanas al aro que el actual alero de los Suns, poco a poco va viendo que su principal función no es buscar la zona donde mejor lo haría sino que debe ser capaz de detectar dónde puede ser más útil para Harden y Paul. Habitualmente, en la línea de fondo.

El papel más remarcable, sin embargo, está siendo el de Gary Clark. El joven alero, contratado este mismo 2018 gracias al buen ojo de Morey, está siendo la sensación de la franquicia en este inicio de temporada (no tanto por números como por sensaciones) y está demostrando que puede aportar en momentos importantes. No debe ser la piedra angular -ni mucho menos-, pero debe sumar siempre que juegue. Rendimiento a corto plazo, que es lo que estos Rockets necesitan.

El desarrollo táctico de Clark (4’2 puntos y 3’3 rebotes en 17 minutos) tiene ciertos paralelismos con el de Trevor Ariza: abre la pista, se abstiene de la generación, prioriza el triple, no ocupa prácticamente nunca la parte central (a no ser de bloqueos indirectos, spot up shots …) y no bota si no es estrictamente necesario. Ha memorizado bien el manual del buen alero de los Rockets.

Mención especial merece PJ Tucker, un jugador que desde la recta final de la pasada campaña es el contrapunto perfecto de Harden y Chris Paul y que encarna el carácter aguerrido del equipo en los momentos calientes. Es eficiente, ha entendido a la perfección su función y anota con fluidez ciñéndose a lo que D’Antoni pide a sus pupilos (lanza prácticamente 5 triples por partido -de 6’4 tiros totales- y anota el 44’4%). Tucker es, junto a Capela, Harden y Chris Paul, el jugador que más produce de estos Rockets.

(via @nba_math)

Gracias a los matices realizados durante este último mes (los últimos 6 partidos para ser más concretos) los Rockets vuelven a ser el equipo que más triples anota de la liga (15’2 con un 36% de acierto), el equipo que más puntos anota (124) y, curiosamente, se han convertido en el “pace” más lento de la liga (94 posesiones). Este dato, sin embargo, tiene trampa ya que los Rockets están buscando en cada posesión el “rincón de seguridad” de Harden y Chris Paul en acciones individuales y, sobre todo, pretenden tener el control absoluto del partido ya que la NBA se centra en el ritmo y ellos aún no se encuentran en el punto idóneo para defender transiciones. Más espacios, más eficiencia y más puntos.

La defensa vuelve a funcionar. ¿De regreso a los orígenes?

La principal diferencia entre los Rockets del año pasado y los Rockets de temporadas anteriores era que, además de mantener el increíble potencial ofensivo que implica la presencia de un jugador como James Harden (y Chris Paul), había una estructura defensiva muy bien establecida capaz de cambiar de asignación permanentemente y con jugadores capacitados para defender hombre a hombre. Y parece que este rigor defensivo, de no ser por los ajustes realizados recientemente, corría peligro de desaparición.

En este punto debemos detenernos inevitablemente en la labor de tres nombres: Chris Paul, Clint Capela y PJ Tucker. Ellos son la columna vertebral del equipo en defensa y marcan el ritmo. Chris Paul, que debe dosificar esfuerzos, se centra más en la defensa de las líneas de pase (2’5 robos por partido) que en los iso. Tucker es el rey de los cambios de asignación y, junto con Ennis, es quien se encarga de cubrir las acciones del rival perimetral más peligroso y de evitar desajustes. Y por último, Capela: tras un inicio dubitativo, el suizo ha vuelto a aceptar el rol de “rim protector” y se mantiene como eje del esquema defensivo. Es indispensable que haga un buen papel si los Rockets quieren luchar con los grandes.

Este año, sin embargo, en gran parte por culpa de la presencia de Carmelo Anthony -en este aspecto, claramente, sí- pero también por el adiós de Jeff Bzedlik y del binomio Ariza & Luc, el sistema ha sufrido una grave sacudida de la que va recuperándose paulatinamente. Tras unos primeros partidos marcados por la falta de confianza, de referencias y de coordinación, los Rockets han corregido muchísimos malos vicios del esquema defensivo y han comprobado que, tal como se juega a baloncesto hoy (los atacantes siempre buscan el “mismatch”), tener que cubrir las lagunas de dos agujeros negros (Harden de vez en cuando y Melo permanentemente) no es un camino viable.

Además, debemos destacar el impacto de dos nombres propios: uno que vuelve y uno que ha entrado en la dinámica técnica. El que vuelve es Jeff Bzedlik, el arquitecto del engranaje actual y el artífice del éxito del año pasado. Y el que ha entrado en la dinámica es Frank Vogel, ex entrenador de Orlando que domina especialmente el apartado de estrategia defensiva. Con esto y alguna operación adicional (sea traspaso o sea hacerse con algún jugador sin equipo ahora mismo…o más adelante), los Rockets deberían acabar de certificar el deseado regreso a la solvencia.

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El baloncesto le debe un anillo a Mike D’Antoni

 


 

Uno de los grandes problemas de Mike D’Antoni es que, cuando se encuentra en situaciones de exigencia, limita la rotación. Es una práctica habitual de los entrenadores en “play off” o en partidos importantes, pero no es normal ni recomendable que esto ocurra en pleno mes de noviembre. Si D’Antoni quiere que su equipo no vuelva a pasar por el camino del agotamiento y las lesiones durante la fase final de la liga (principalmente Chris Paul), deberá plantearse utilizar la profundidad de la plantilla.

Una profundidad que, por cierto, podría ser un arma muy valiosa. Si Brandon Knight cuando vuelva y Marquese Chriss son capaces de integrarse correctamente a la dinámica del equipo, la multitud de opciones y de recursos sería un valor añadido a tener en cuenta pensando ya en la lucha por la consecución del anillo. Que, al fin y al cabo, es lo que los Rockets buscan.

La siguiente misión es que Eric Gordon recupere el nivel mostrado en temporadas anteriores. Gordon, uno de los mejores sexto hombre de la liga, no está teniendo aquel impacto que hacía que el banquillo del equipo tejano fuera temible. Y sin este ingrediente, los Rockets pierden mucho “punch”.

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