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Kobe Bryant, lo que la mente más exigente creó

A Kobe Bryant le van a retirar sus dos números. Pero su carrera significa mucho más que dos camisetas colgadas.

Keith Allison (CC)

Hace ya poco más de dos años en la que parecía que iba a ser una madrugada cualquiera, Kobe Bryant nos impactó a todos aquellos nocturnos con una noticia que no podía pasar inadvertida. El posible Laker más amado y odiado a partes iguales, anunciaba su retirada. Y lo hacía mediante una carta en The Players Tribune. Y qué carta.

En ella, pudimos observar, aún más de lo que se vio en la pista durante 20 años. No ha existido, ni existirá, un mayor obseso de esta pelota naranja. Porque obseso es la palabra. Porque para Kobe lo importante no era simplemente ganar. Eso era obligatorio en su mente, sí. Pero durante ese proceso, él a la vez necesitaba demostrar ser el mejor. Que podía hacer todo aquello que su mente planeaba. Y el reto cada vez era mayor.

Es por eso que el jugador ha causado tantas diferentes opiniones sobre su figura a lo largo de su carrera. Pero todos al final de ella, decidieron rendirse ante él. Porque nunca nadie reflejó más bien el ansia de mejorar.

 

Descaro desde jóven

Kobe Bean Bryant creció en una familia que respiraba baloncesto. Sus dos hermanas -Sharia y Shaya-, ambas mayores, ya practicaban el baloncesto antes que él. Y su padre era una de las estrellas del baloncesto italiano. Y fue allí, donde de manera anecdótica, la leyenda del escolta se empezó a forjar.

En pleno All Star de la Liga Italiana, cuando nuestro protagonista tenia ocho años, se atrevió a desafiar a un concurso de triples a J.J. Anderson. Y ya os podéis imaginar quién se hizo con la victoria, ¿cierto? Por lo que fue entonces cuando su padre, Joe Bryant, decidió empezar a darle más la pelota naranja a su hijo y alejarlo del fútbol, deporte por el que Bryant se acercaba más en aquellos tiempos.

En el 91, la familia de Kobe se mudó de nuevo a Estados Unidos. Y allí el ex jugador empezó a jugar para el instituto de Philadelphia. En un inicio, los entrenadores de allí no parecían verle un gran futuro al jóven Bryant. Encendiendo así su fuego interior.

Tras un verano de duros entrenamientos, un tópico en su carrera, Kobe Bryant dejó boquiabierto a todo aquel que se había atrevido dudar de su capacidad. Y promedió durante la temporada 30,9 puntos, 12 rebotes y 6,5 asistencias por partido. Una barbarie. Barbarie que le hizo romper el récord de anotar más de 500 puntos durante la temporada. Que lo poseía en ese momento Wilt Chamberlain.

 

Salto a la NBA y rivalidad con Michael Jordan

Obviamente, tras semejante campaña como jugador de «High School», todas las universidades lo querían. Pero en aquella época los jugadores podían saltarse la universidad y acceder directamente al «draft». Por lo que Kobe que ya tenía en mente llegar a ser mejor que Michael Jordan, no dudó en dar el salto directamente para empezar a enfrentarse a Jordan. 

Keith Allison (CC)

En uno de sus libros Phil Jackson relata como realizó un encuentro entre un Kobe Bryant que estaba empezando a dar sus primeros destellos en la liga con un Michael Jordan que ya tenía, literalmente, a todo el mundo a sus pies. Y, reflejando desde ya su forma de ser, el Laker no dudó en mostrar su postura. Diciéndole a Mike que su objetivo entonces era destronarlo como el mejor. Hecho que nunca podremos saber a ciencia cierta si consiguió o no. Pero sí que hasta la fecha, ha sido quien más cerca ha estado.

Tras ese encuentro, Michael vio que no estaba frente a un jugador más. Y entendió que el hambre de ganar, de ser mejor, le iban a hacer uno de los mejores. Aceptando Jordan de esta manera que el joven que tenía allí delante podía llegar a ser su «sucesor».

 

Conexión con Shaquille O’Neal

Los Lakers vieron enseguida como se habían hecho con una joya en ese traspaso en el Draft del 96. Y a tal diamante por pulir lo tenían que juntar con otro para que ambos brillaran más que nada en el mundo. Hecho que durante tres años fue así. Formándose una pareja que quedará grabada en nuestras memorias como una de las más, sino la que más, dominante de la historia. Tres anillos consecutivos, el «three-peat«, les avalan.

Pero a nuestro querido protagonista le dejó de bastar con solo ganar. Para él y su enorme hambre de comerse el mundo era insuficiente. Shaquille O’Neal se había convertido en el «center» más dominante de la liga y amenazaba con ser el más dominante de toda la historia. De tal forma era su dominio, que a pesar de tener a Kobe en la pista y a Phil Jackson en el banquillo, la prensa no dudaba en tildar esos Lakers como «los Lakers de Shaquille». Algo que el maestro zen no tenía reparo alguno en tolerar. Pero para la mente de Bryant eso era impensable. Y menos viendo el poco trabajo que necesitaba O’Neal para conseguir tales galones.

De tal manera que tras dos temporadas con ambos jugadores en máxima tensión, provocando que en ninguna de las dos tuvieran opciones de volver a conseguir el anillo, O’Neal solicitó una extensión de su contrato que lo reafirmara dentro de la franquicia como el jugador de esta. Provocando a que Kobe fuese a los despachos con un «O él o yo».

Ya fuera porque la figura de Kobe Bryant vendiera más o porque desde la franquicia siempre habían mostrado más afecto hacia el escolta, finalmente enviaron a O’Neal a las manos de Pat Riley.

 

Kobe Bryant, en busca de la excelencia individual

Nunca nadie lo ha conseguido. Dominar la liga él «solo» con sus propias manos. Todas las grandes estrellas que han levantado el Larry O’brien han necesitado de un escudero que los respalde. Y sino, que se lo pregunten a los de ahora.

Y como propia naturaleza de su carrera, Kobe quiso romper ese reto. De tal manera que durante tres años llegó a rozar la excelencia individual. O mejor dicho, en algunos tramos de ese período la llegó a alcanzar. Fueron los años más oscuros del jugador a nivel colectivo. Pero a la vez, son los que nos dejan su figura más cerca de su forma de ser. La Mamba Negra.

En ese tramo, la víbora desafió toda imaginación posible del ser humano. Aplicando la suya propia sobre el terreno de juego. De tal manera a finales del 2005 tan solo necesitó de tres períodos para anotarle 62 puntos a los Dallas Mavericks. Si el partido hubiera acabado en ese instante, y para los Angelinos solo contase la anotación del escolta, hubieran ganado el partido 62-61. Un mes después lo volvió a hacer. Se volvió a superar, anotando la segunda mejor marca de la historia: 81 puntos ante los Raptors.

Kobe Bryant

Keith Allison (CC)

Seguramente fue en ese momento donde se vio lo que Bryant quería mostrar al mundo -y no quiso-. No quería necesitar de su equipo para ganar. Lo quería hacer él solo. Y sus compañeros por aquel entonces así lo aceptaban. Decía José Manuel Calderón, víctima de aquella mágica noche en trance del escolta: «No he visto ninguna mala cara en sus compañeros. Ningún mal gesto.»

Su reto se promulgó durante toda esa campaña, la 2005-2006. Temporada en la que llegó a promediar 35.4 por encuentro, teniendo el segundo mayor «usage» de la historia. Dado que Russell Westbrook también quiso, a su manera, desafiar lo imposible.

Necesitó algo más de tiempo. Pero finalmente Kobe entendió que estaba luchando contra sí mismo. Y necesitaba de otro para dejar a los angelinos en lo más alto de la liga.

 

Pau Gasol, el complemento perfecto

Fue con el traspaso que hacia aterrizar a Pau Gasol en Los Angeles lo que volvió a dar vida a Kobe para luchar por el anillo. Y con tal ilusión lo recibió Bryant que la primera noche del mayor de los Gasol como jugador de los Lakers, el escolta fue a su habitación para repasar vídeos de jugadas. Con el simple objetivo de integrarle. Y empezar a ganar desde ese preciso instante.

Aunque consiguieron llegar a Las Finales de la NBA, los Celtics se interponían entre ellos y la gloría debía esperar un año más. Pero entonces, Kobe Bryant lo consiguió. Volvió a saborear, durante dos temporadas consecutivas el sabor de la victoria. Lo único factible en la filosofía de Bryant.

Pero en la tercera, la unión que formaba con Pau, aunque esta iba mucho más de dentro de la pista, se torció. El motivo por el que ambos jugadores funcionaron tan bien era porque Gasol podía ser esa segunda estrella que tanto necesitaba para ganar. Pero que a diferencia de lo que sucedió con O’Neal, Pau Gasol no necesitaba de ningún foco ni reconocimiento. Sin atentar así contra el reinado y la figura de Kobe Bryant.

Pero en la campaña tras el segundo anillo, tras estar los Lakers en plena crisis de juego, Kobe exigió más. Quería que Pau y los demás estuvieran a su nivel. El problema es que lo que solicitaba el escolta, sin darse cuenta, es que sus compañeros salieran de lo terrenal. De la máxima exigencia humana. Y eso tan solo era posible en el cuerpo y mente de Bryant.

Rompiendo así la dinastía que habían formado.

 

El cuerpo acabó pagando el deseo de la mente

Tales exigencias que se había propuesto durante su carrera y que iba consiguiendo no eran resultados de la naturaleza. Para ello, Kobe Bryant llevaba a su cuerpo a un nivel de exigencia jamás visto. Tan solo mencionando alguno de sus entrenamientos durante la madrugada en Italia, arrastrando a Bellineli, los 800 tiros -anotados- para poder irse del pabellón. O como un preparador físico del Team USA le tuvo que ir a entrenar a las tantas de la madrugada y lo dejó allí, para volver a encontrárselo el primero a la hora del entrenamiento. Y tras la pregunta de «¿cuando te fuiste, Kobe?» recibir la respuesta de, «no me he llegado a ir». Con todo esto exigido por una menta innata de un ser humano, el cuerpo acabó desistiendo.

De tal manera que desde la temporada 2009-2010 hasta la de su retirada, Kobe Bryant llegó a sufrir casi diez diferentes lesiones que le obligaron a estar fuera de las canchas durante un tiempo. Diciendo el cuerpo basta a lo que nunca pudo decir la mente. El adiós al baloncesto.

 


 

Este 18 de diciembre a Kobe le van a retirar ambas camisetas que llevó en su carrera. El ocho, cuando empezó, y el veinticuatro, con él que para algunos tuvo su etapa más madura.

Y esto ha podido causar controversia entre algunos. Pero lo cierto es que viendo todo lo que ha significado ambas etapas del jugador para el baloncesto, es muy difícil decidirse por uno de los dos. Y con ambos ha hecho méritos más que suficientes para que sus camisetas estén colgadas en lo alto del Staples Center.

Ahora nos queda disfrutar de su legado en lo referente al baloncesto. Donde debe ser recordado como lo que fue, una serpiente con el objetivo de destruir a todo aquel que quisiera amenazar su dominio. Porque en su mente tan solo existía un ganador. Y era él.

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