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La importancia de llamarse Shaquille

Tenemos tendencia a olvidar lo dominante hasta el extremo que fue Shaquille O’Neal y eso es imperdonable.

Shaquille O’Neal, leyenda singular del universo baloncesto | Paul Martínez (CC)

Una dulce añoranza acude a mi mente cuando rememoro los erráticos primeros años del siglo XXI en la NBA. El baloncesto depresivo que venía siendo tendencia en los 90′ se acrecentó con el segundo adiós de Michael Jordan. La élite más absoluta se quedó huérfana de padre mientras los técnicos que sobrevivieron a la dictadura se empeñaron en hacer de la infamia su bandera. Es cierto que no había esa cantidad ingente de aspirantes al Hall Of Fame que sí convivieron en las dos anteriores décadas, pero tampoco se preocuparon de motivar al resto de talentos restantes.

Sin embargo, la memoria colectiva parece haber olvidado al siguiente diplodocus que pobló la Tierra. Miento, olvidado quizá sea un término algo injusto con los aficionados, pero sí infravalorado en gran medida. En serio, se dice muy poco lo brutal que fue Shaquille Rashaun O’Neal. Nos embaucó Duncan y su dinastía texana basada en los fundamentos, el respeto y una categoría humana más propia de otro eón. Os secuestró Kobe y sus años de llanero solitario rompiendo tableros. Pero hubo una época de casi tres lustros que tuvo que lidiar con un gigante de 325 libras y unos pies más propios de Maurice Béjart.

Nunca se vio, ni por supuesto se verá, un desprecio por la materia humana tan insólito. Bajo una canasta acongojada, un albatros aparta como si fueran cenizas de otro tiempo los cuerpos de David Robinson y Tim Duncan de un plumazo para reventar el aro. Con el reloj de posesión recién reiniciado, un temblor recorre el parqué de principio a fin para culminar un contraataque de vértigo hasta para el plano cenital que gobierna la jugada. Hubo que esperar catorce años para que no superase los veinte puntos de media por partido, todo esto siendo ya una parodia de sí mismo dentro y fuera de las pistas. Sólo un cerebro con poco espacio para funcionar y un carácter nocivo nos han permitido hablar de los tres mejores de la historia y tener la certeza de poder castigarle con el ostracismo baloncestístico.

Como consecuencia de la verborrea que gobierna sus entrañas, Shaquille O’Neal comentaba en el podcast oficial de los Lakers que aún en esta era del triple y el exterminio de la media y corta distancia, metería 50 puntos si se lo propusiera. Bueno, no está de más recordar que Carmelo (4) tiene más partidos de 50 puntos que él (3). Ego al margen, es innegable que por físico y talento (ojo con esto, que la gente se piensa que era Pinocho jugando) sería el tío más dominante de la liga junto a LeBron. De hecho, los debates sobre quién es el mejor interior de todos los tiempos están bastante alterados.

Si bien Kareem Abdul-Jabbar parece estar lejos del resto, entre otras cosas porque tuvo bastante más talento que nadie y algo que Shaquille jamás le pidió a los reyes magos: consciencia, los demás nombres que figuran por encima de él en las clasificaciones son muy cuestionables. Principalmente, dos.

El primero es Wilt Chamberlain, el hombre récord. Cuando se habla de Wilt se es injusto hasta con su propia figura. Reinó cuando no había ejércitos ni enemigos que asediar, y aún así con los Lakers fue incapaz de ganar a unos Celtics que en el final de los 60′ iban con gotero. La estadística es un arma de doble filo, capaz de engañarnos y hacernos ver que la 2008/2009 de Shaq en Phoenix fue tan honrosa como los números marcan y de hacernos creer que Chamberlain fue el segundo mejor interior de la historia. De técnica no hablaremos, porque es poco lógico comparar un baloncesto con otro, pero es otro elemento diferenciador que no hace sino declinar la balanza para Shaq. Si ambos hubieran coincidido, Wilt se tendría que haber puesto a currar de acomodador.

Bill Russell es el otro personaje que siempre corona el Big Three de mejores pívots jamás vistos. Le pertenece la patente de defender en la NBA, negarlo sería una labor más propia de necios. Sin embargo, habría que ver cómo se las hubiera apañado lidiando en una misma era con nombres como Shaq, Robinson, Hakeem, Ewing y Moses, por ejemplo. Si bien la añoranza del pasado es hasta saludable cuando se trata de ensalzar a algunos perfiles, caer en bienquedismos no parece lo más apropiado. Lejos de anillos y parafernalias, la gran victoria de Bill fue su lucha por los derechos civiles, un hecho que le hace gigante en el área de lo humano respecto a Shaq y respecto a cualquiera, pero eso es tan compatible como decir que sus once anillos se hubieran visto drásticamente reducidos en otra era. No se puede cambiar la historia, pero sí poner en perspectiva.

 

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El resto de jugadores que suelen estar por detrás de Shaquille en la lista no parecen serios rivales para una amigable charla sobre baloncesto. La gente recuerda el duro castigo que Olajuwon le propinó en las Finales de 1995, hecho totalmente verídico. Claro que también se enfrentaban un muchacho de tercer año, cuyo Robin era el magnífico Hardaway, a un equipo maduro y con más secundarios que una secuela de ‘Misión Imposible’. La historia puso a cada uno en su sitio, para fortuna del gigante de Newark.

En fin, este alegato ciceronense no tiene otro propósito que sacar del baúl de los recuerdos la figura de un tipo que dominó a su antojo el planeta basket en un tiempo en el que ser extraordinario estaba perseguido por los mediocres y tacaños que se adueñaron de la NBA. Shaquille O’Neal fue mucho más que la imagen de un cristal destrozado o un aro sodomizado, fue la viva prueba de que nunca la fuerza y el talento estuvieron más unidos.

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