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The ‘Barkley Boys’, la gesta de los Suns

Barkley llevó a Phoenix a luchar por un anillo de campeones en una temporada inimitable. Recordamos su gesta.

Charles Barkley capitaneó una temporada histórico de Phoenix Suns | R24KBerg Photos (CC)

Charles Barkley capitaneó una temporada histórico de Phoenix Suns | R24KBerg Photos (CC)

Los albores de la creación del deporte organizado se remontan a la Grecia antigua, allá por el año 776 antes de cristo. La idea original surgió del rey Oxilos (1100 a.C.), pero los juegos comenzaron a celebrarse gracias al rey Ífitos de Élida. Ífitos consiguió llegar a un acuerdo con Licurgo, rey de Esparta, y Clístenes, rey de Pisa, para garantizar la paz durante el evento. En ese año, uno de los cuatro Juegos Panhelénicos que se disputaban en honor a los dioses (Píticos, Nemeicos, Ístmicos y Olímpicos) comenzó a tomar nota de los vencedores de los mismos.

Desde que existen vencedores y vencidos, ha habido algo que siempre ha maravillado al mundo por encima de cualquier cosa, las gestas. Una gesta es por definición: “Aquel hecho o conjunto de hechos dignos de ser recordados, especialmente los que destacan por su heroicidad o trascendencia”. Es en esta frase donde radica la primera incongruencia de nuestra historia, pues lo que vamos a recordar, no está protagonizado por un héroe, sino por un antihéroe, casi un villano. Quizás por eso nunca se le ha dado la importancia que merece.

Vamos allá…

 

El Desencadenante

5º Partido de las WCSF (1992)

Clyde Drexler acaba de sentenciar la eliminatoria a favor de los Portland Trail Blazers con una sublime actuación. Mientras, Kevin Johnson, abandona el parqué con un gesto mezcla de tristeza e impotencia que le impide levantar la cabeza. En el banquillo, Jeff Hornaceck y el veterano Kurt Rambis, permanecen inmóviles. Los Suns han perdido en los últimos cuatro años, dos finales de conferencia y una semifinal. Cuatro temporadas con más de 53 victorias en liga regular que se desaprovechan porque el equipo se desvanece en los momentos clave. La base del proyecto no era mala, pero faltaba algo. Debían añadir una última pieza que elevara al equipo a otro nivel. ¿Qué podía ser?

Mientras los Suns se retiran de la pista, un hombre se da la vuelta visiblemente airado y se dirige al entrenador Cotton Fitzsimmons, que permanecía impasible tratando de asimilar la derrota. Ese hombre es  Lionel Hollins, antiguo campeón de la NBA (precisamente con los Blazers) y  por aquel entonces, asistente del entrenador. En ese fugaz instante, Hollins tiene una sola idea en mente y se la hace saber a Fitzsimmons con una contundente frase: Lo que necesitamos es a Charles Barkley”

Jerry Colangelo se puso manos a la obra para intentar traer a Arizona al controvertido jugador. Barkley vivía su peor momento en Philadelphia, pues los dos últimos años habían sido un maremágnum de rumores de traspasos que acabaron con su (escasa) paciencia. Las constantes declaraciones del jugador criticando a la directiva de los Sixers de la situación del equipo en general y de la suya en particular, habían deteriorado casi por completo la relación. El propio jugador solicitó ser traspasado para tener opciones reales de luchar por un anillo.

Lakers, Trail Blazers y Suns se disputaron duramente su fichaje. Tal fue así, que incluso llegó a estar fichado por los Lakers un día, pero los Sixers abortaron la operación. Por fin, el 17 de Julio de 1992, Los Suns de Phoenix hacían oficial su fichaje. A cambio, partieron hacia Philadelphia Jeff Hornacek, Tim Perry y Andrew Lang. En palabras del propio Barkley: «Creo que este acuerdo es lo mejor para todos».

 

La llegada del líder

Después de un verano para la historia, en el que Barkley se convertía en el máximo anotador del mejor equipo jamás formado (Dream Team 92), aterrizaba en Arizona con la ilusión de un niño pequeño. Charles llevaba mucho tiempo queriendo rodearse de un equipo con calidad y ganas, algo que no tenía en Philladelphia.

“No hay nadie en el Oeste mejor que yo. Puedo llevaros a las finales Siempre he querido jugar contra Michael con un buen equipo. Sé que nadie me va a detener en la Conferencia Oeste. Espero llegar a las Finales y competir contra Michael Jordan”

Los Suns tenían buenos jugadores, una directiva comprometida, un nuevo entrenador de la casa (Paul Westphal)  y una afición entregada. El principal problema residía en que el victimismo fruto de los malos resultados, se había apoderado de ellos, mermando en gran medida su confianza. Barkley estaba allí, precisamente por eso, para contagiar a un buen equipo de su ética de trabajo, su intensidad y su voraz ansia de triunfo.

Para ayudar en tamaña empresa, un inesperado y curioso invitado sorpresa se sumó a la fiesta, Danny Ainge. El veterano escolta de Oregon, formaba parte de aquellos Trail blazers que habían eliminado a los Suns unos meses antes, pero había recalado en Phoenix como agente libre de una manera un tanto “casual”. El propio Ainge lo explicaba a su manera:

 “Creo que en Portland dieron por sentado que me quedaría con ellos por menos dinero” “Por mucho que traté de advertirles, no me creyeron”.

Ainge, 2 veces campeón de la NBA y conocido por su durísimo carácter competitivo, era un refuerzo perfecto para Barkley. Ambos compartían la misión de reactivar a aquellos prometedores Suns. Kevin Johnson, Dan Majerle, Cedric Ceballos, Tom Chambers, Frank Johnson, Kurt Rambis y el prometedor Rookie Richard dumas, eran soldados aguerridos, obedientes y con buenas habilidades para la guerra, pero necesitaban un general y sobre todo, un plan. Por suerte, Paul Westphal tenía uno perfecto…

 

La metamorfosis de los Suns

Antes incluso de comenzar el primer partido de la regular Season, Barkley ya daba pinceladas del carácter que quería imprimir al equipo. El 18 de octubre de 1992 durante la pretemporada, en su primer partido oficial con la camiseta de Phoenix, Barkley es expulsado. Westphal tenía en mente ser extremadamente permisivo con las salidas de tono de Barkley, pues sabía que si las condenaba públicamente o lo castigaba, el resto del equipo se cuidaría  mucho de sacar el genio a pasear.

Comenzaba la regular season y los Suns de Barkley no tardaban mucho en dar la sorpresa por sus resultados. Con un estilo dinámico, descarado y muy ofensivo, ganaban 21 de los primeros 25 partidos que disputaron. Phoenix era un equipo diferente, muy completo y polivalente, al que solamente se le echaba en falta un pívot de cierta calidad, pero su principal ventaja era otra. Los nuevos Suns eran más físicos, más duros en el contacto, más agresivos en el rebote, más contundentes en la defensa y más expeditivos en cualquier lance con el rival. En definitiva, eran más “Nasty” (gamberros).  La motivación de los compañeros de Charles, alcanzó máximos históricos. Poco importó que algunos de ellos tuvieran que ver reducidos sus minutos o modificada su posición de juego. La realidad es que era un equipo configurado para el asalto al anillo y la gente pronto comenzó a darse cuenta de ello.

Barkley consiguió infundirles en muy poco tiempo un espíritu luchador y algo canalla que no tardó en sacar al equipo del victimismo en el que se encontraba sumido, confiriéndole un carácter más agresivo. Consiguió algo inaudito para ellos, y es que  el equipo era temido en todo el país. “Al poco tiempo, todos andábamos más derechos, con una actitud más arrogante”, declaró Cedric Ceballos. La confianza contagiada por Barkley hizo crecer la sinergia del grupo hasta consolidar un durísimo bloque, que bajo su liderazgo, pronto se postuló como claro aspirante a dominar la Conferencia Oeste.

Tener a Barkley  en el equipo era como hacerse amigo del matón del instituto. Sabías que te podías enfrentar a cualquiera. La mayoría no se atreverían a replicarte y si la cosa se ponía fea, tenías las espaldas cubiertas. El problema es que cuando eres amigo del matón, te surgen peleas casi a diario. Los nuevos Suns tuvieron “algún que otro problemilla” durante la temporada, pues ya no rehuían el contacto como antes.

Como muestra un botón: La prensa neoyorquina, se esforzó en “calentar” el enfrentamiento entre Knicks y Suns, diciendo que los de Arizona eran “blandos y poco físicos”. El resultado fue un tenso encuentro que derivó  en una monumental tangana.

Los Suns tenían mucho que demostrar y poco que perder. La forja continua de una nueva personalidad grupal más agresiva, no fue un camino de rosas, pero en ningún momento del proceso se amilanaron.

Barkley lo tenía muy claro: “va a ser duro. No tenemos miedo de nadie. Tenemos que tener una mentalidad más dura, porque somos un equipo marcado y todos van a ir a por nosotros”

 

Temporada récord

La mitad de temporada llega y con ella el All Star. La presencia de los Suns, que por aquel entonces ya tenían un record de 32/9, se hace cada vez más mediática. Paul Westphal es elegido entrenador de la conferencia Oeste, mientras que Barkley forma parte del cinco titular. En el banquillo, Dan “Thunder” Majerle, es el tercer representante del equipo que más está dando que hablar en la NBA.

Tras el parón del fin de semana de las estrellas, los Suns continuaron su arrolladora temporada hasta conseguir la victoria número 59, y con ella, la corona de campeones de la conferencia Oeste. El año terminó con un balance de 62 victorias y 16 derrotas, lo que se convertía en récord absoluto de la franquicia. Al final de la temporada, el equipo había acumulado un montón de premios. Barkley ganó su primer y único MVP después de promediar 25.6 puntos, 12.2 rebotes, 5.1 asistencias, 1.6 robos y 1.0 tapón. Se convertía así, en el primer jugador de la historia de la franquicia en obtener un galardón individual.

Colangelo fue nombrado ejecutivo del Año de la NBA, Ainge quedó segundo en la votación para Sexto Hombre del Año (detrás de Cliff Robinson) y Dumas entró en el 2º quinteto de rookies. Majerle, con 167 triples convertidos, fue el máximo realizador de la competición, empatado con un tal Reginald Wayne Miller. Sólo Pat Riley pudo colarse en la fiesta de los Suns, arrebatándole el título de entrenador del año a Paul Westphal,  que, lejos de entrar en polémicas, se concentraba en los Playoffs. Su arriesgado proyecto de convertir a los Suns en los “Barkley Boys” había dado sus frutos, pero ahora comenzaba la guerra de verdad. Los playoffs aguardaban con un feroz Oeste lleno de contenders. Por aquel entonces, medio mundo estaba enamorado de los Phoenix Suns, pues representaban la alternativa revolucionaria al indiscutible dominio de los Bulls de Jordan. Al mando del “Maestro Zen” (Phill Jackson), los de Chicago avanzaban con paso firme hacia su tercer anillo consecutivo, si nadie lo remediaba. Los Suns, eran algo así como una especie de antihéroes decididos a romper el orden natural de los acontecimientos.

 

La hora de la verdad

Nada de lo conseguido en la temporada regular sirve de algo si no das la talla en los playoffs. Pese a ser una parte de la misma liga, no tiene absolutamente nada que ver con el primer tramo de la misma. El contexto competitivo se centra ahora en derrotar a un mismo enemigo en varios encuentros sucesivos, en los cuales, la adaptación a los casos particulares del combate, significa tener un porcentaje muy alto de probabilidades de vencer. Los Suns habían fallado los años anteriores en esa faceta del juego, pero este año iba a ser muy diferente, pues serían los rivales los que tendrían que buscar fórmulas para contrarrestar a la apisonadora ofensiva que representaban los Suns con su flamante MVP a la cabeza. Las hostilidades comenzaban, y en Arizona estaban preparados…

 

1ª Ronda: Los Angeles Lakers

Comandados por una leyenda viva como James Worthy y un motivado Sedale Threatt, los Lakers se negaban a aceptar su evidente fin de ciclo e inicio de la era “post – Magic”, y se imponían sorpresivamente a los Suns en los dos primeros encuentros de la serie. Los pupilos de Westphal habían perdido ritmo, y pronto surgieron las voces que culpaban a la última semana de competición que habían tenido libre, además de a los descansos otorgados a los titulares en los últimos partidos de la temporada. En palabras del propio Barkley: “Lo que más daño nos hizo, fue esa semana libre” “Jamás recuperamos nuestro ritmo”

Los Suns habían comenzado su postemporada de la peor manera imaginable, perdiendo los dos partidos en casa y desaprovechando el factor cancha. Nunca nadie había conseguido levantar un 0 – 2 en una eliminatoria, pero, lejos de desanimarse, todos y cada uno de los integrantes de la plantilla tuvieron palabras de esperanza. El propio Westphal, en la rueda de prensa posterior al segundo partido de la serie, y ante las incisivas preguntas de los periodistas, pronunció con total aplomo la siguiente afirmación:

“Perdemos 0-2, y supongo que la pregunta es: ¿Están muertos los Suns? No. Vamos a ganar esta serie. Ganaremos el martes en Los Angeles y luego volveremos a ganar el jueves. Luego volveremos aquí y ganaremos, y todos diréis que fue una gran serie”

La temeraria profecía de Westphal se cumplió palabra por palabra y los Lakers se vieron sobrepasados en Los Angeles en los dos siguientes encuentros. El quinto partido en Phoenix se fue a la prórroga, momento en el que Oliver Miller, jugaría los mejores minutos de su vida, fulminando a los Lakers con 9 puntos consecutivos y 5 rebotes. También batió el récord de tapones de los Suns en Playoff con un total de 7. Los Suns se convertían en el primer equipo de la historia en “levantar” un 0 – 2 de una eliminatoria.

Para la parte final de la temporada, los Suns habían recuperado al novato Oliver Miller, que había estado ingresado en una clínica por sus problemas con la comida y el sobrepeso. Barkley, que había sufrido bastantes problemas de esa índole en su adolescencia, se tomó muy en serio la monitorización del caso de Miller, poniendo mucho de su parte para ayudarle a revertir aquella situación. Una parte muy importante del carácter que Barkley pretendía infundir a aquel grupo, se basaba en el ambiente de protectorado familiar. Miller era un buen chico con un gran corazón y debían recuperarlo. Además, Barkley había tenido la firme convicción de que Miller podía ayudar mucho al equipo…

 

WCSF: San Antonio Spurs

Los Rocosos Spurs de San Antonio serían el siguiente rival de los chicos de Arizona. He de aclarar, sobre todo a los más jóvenes, que aquellos Spurs no se parecían a los de hoy en día, casi ni en la camiseta. El equipo tejano estaba entrenado por John Lucas II, después de haber destituido de manera fulminante a Jerry Tarkanian (Tark “The Shark”) y su estrategia se basaba en destruir el juego del rival para luego recoger los restos. David Robinson, Avery Johnson, J.R, Reid, Terry Cummings, Antoine Carr, Sean Elliot e incluso David Wood (el gladiador), buscaban imponerse físicamente una y otra vez en defensa a sus rivales hasta agotarlos. Transiciones muy lineales y agónicamente largas intentaban conducir a “su presa” hasta la trampa táctica que suponía ajustarse a su sólido y fiable ritmo, dentro del cual eran incontestables. El problema era que aquel “ratón” era demasiado listo como para caer en trampas tan evidentes.

Los Suns volvieron a ser aquel equipo que durante la temporada regular atacaba el aro rival con una armonía más propia de un ballet que de un partido de baloncesto, y los Spurs, se vieron obligados a salirse de su hoja de ruta ofensiva habitual para aguantar el tirón.  El duelo estelar de estrellas no defraudó, de tal modo que sendas actuaciones de David robinson y de Charles Barkley, decantaron los 5 primeros partidos colocando un 3 a 2 a favor de Phoenix en el marcador. Luego llegó el 6º partido, y con él, una de las secuencias más legendarias de la historia de la NBA.

Quedan 10 segundos en el reloj para que acabe el partido, y después de varios trepidantes ataques, Robinson aprovecha 2 tiros libres para empatar el partido a 100. Paul Westphal pide tiempo muerto. En el banquillo de los Suns, todos los jugadores repiten el mismo movimiento de cabeza, primero miran a la pizarra y luego a Barkley. Mientras, Charles observa en silencio las explicaciones del entrenador. Mantiene un gesto serio, impertérrito, de concentración máxima, la que debe atesorar en esos instantes un jugador que sabe que ha llegado el momento para demostrar por qué es el mejor jugador de la liga. Debía dar un paso al frente, y  nadie lo dudó ni por un instante.

Los Suns sacan de banda y Barkley recibe el balón cercano al punto central. En frente suyo, a unos tres metros, el almirante David Robinson le aguarda apostado sobre la línea de triple, en posición de defensa, sabedor de que aquel último lance iba a discurrir irremediablemente entre ellos dos.

Barkley le observa y luego mira fijamente al aro mientras hace rodar el balón por sus manos. El 34 de los Suns comienza a trotar encarando el aro y al pívot de los Spurs retrocede ligeramente en posición de semiflexión, intentando evitar verse sobrepasado lateralmente por un dribbling. Es entonces cuando Barkley sobrepasa la línea de tres y en el segundo siguiente, amaga ligeramente de irse hacia su derecha, provocando un leve cambio en la postura de Robinson. Leve pero suficiente para que el obstinado muchacho de Alabama se pare en seco e inicie una suspensión frontal a 6 metros a la que Robinson intenta llegar desesperadamente después de corregir su leve error, pero que ni estirando sus 216 centímetros en un desesperado salto fue capaz. Barkley ejecutó el tiro y el HemisFair Arena enmudeció por unas décimas de segundo, hasta que el balón entró en el aro y el sonido del balón golpeando la red, resonó en el pabellón como un martillazo en la cabeza de los aficionados.

“Probablemente, aquella no era la mejor manera de intentar ganar el partido, pero así es como Charles quería hacerlo. Tenía confianza en sí mismo y lo logró” – Tom Chambers

Los Spurs habían caído y Barkley había firmado otra actuación memorable (28/21/4/4/2) con la guinda de un “buzzer beater” que permanecería en la retina de los aficionados durante mucho tiempo. Pero aquello no había terminado ni mucho menos.

 

WCF: Seattle Supersonics

Si había un equipo realmente peligroso en la conferencia Oeste durante aquellos años, eran los Sonics de Seattle. Nada que perder, mucho por demostrar, y un sólido grupo de jugadores que aglutinaba una temible mezcla entre músculo, defensa y tiro exterior. Para colmo, sentado en el banquillo se encontraba George Karl.

Al frente del equipo, la pareja de moda en todos los highlights de la televisión del momento: Gary “The Gove” Payton y Shawn Kemp “The Reignman”. A estos dos “caníbales” les acompañaban varios de los mejores defensores de la liga (Nate McMillan y Michael Cage) varios tiradores de élite (Ricky Pierce y Dana Barros) y algún que otro “multiusos” como Sam Perkins o Derrick McKey. El equipo estaba hecho para competir y hasta la fecha lo habían demostrado con creces, deshaciéndose en las dos primeras rondas de Los Jazz de Utah y de los Rockets de Houston en 2 encarnizadas eliminatorias. A todas luces, parecía el primer gran obstáculo serio para nuestros Suns, pero aún había que jugar…

El primer envite se resolvió a favor de los Suns, pero dejó entrever la dureza que se le presuponía a aquella serie. Westphal sustituyó en el 5 titular al novato Richard Dumas por Cedric Ceballos, quien cuajó una gran actuación pero acabó doliéndose de una antigua lesión, una fractura por estrés producida a principios de  año en el pie derecho. Ceballos fue jugando cada vez menos minutos hasta que fue apartado definitivamente del equipo para ser operado. Otro nuevo hándicap lastraba (aún mas) las aspiraciones de los Suns.

La serie continuó y se convirtió en una descomunal batalla en la que se sucedieron las victorias alternativamente en ambos bandos hasta llegar a empatar la serie a 3. Nadie esperaba menos de aquel titánico enfrentamiento, en el que nadie quería ceder ni un centímetro de terreno. Tanto Barkley como Kemp, tiraron del carro hasta la extenuación, tal y como demostraron en el 5º partido, donde se pudo ver uno de los duelos más espectaculares de la historia de los Playoffs.

Cada vez que Barkley y Kemp no estaban emparejados en defensa, el resto del equipo sufría las consecuencias en sus carnes. Los Suns no tenían a nadie capaz de hacer frente físicamente a una bestia como Kemp, mientras que los Sonics, se veían inmersos en constantes cambios de asignación defensiva para perseguir desesperadamente por toda la pista a un Barkley que anotaba desde cualquier posición. Wesphal procuró no desgastar demasiado a Barkley en defensa para poder exprimirlo hasta la saciedad en ataque, y así se llegó al séptimo y definitivo episodio de esta agónica serie.

El 5 de junio de 1993, los Suns de Phoenix se jugaban delante de su público, la posibilidad de jugar la segunda final de su historia, y la ciudad entera se volcó con su equipo. El America West Arena se convirtió en una olla a presión en la que apenas se podía escuchar la retransmisión de los comentaristas debido al monumental griterío. Los Sonics se sintieron apabullados por aquella atmósfera tan “explosiva” desde los primeros compases del juego y fueron casi siempre a remolque. Bueno, por la atmósfera y por un descomunal Barkley que salió a la pista con una sola idea en mente. Ganar.

El 34 de los Suns dominó todos los aspectos posibles del partido desde que sus pies tocaron el parqué. Anotar, defender, organizar, intimidar al rival, agitar al público e incluso su habitual “lucha particular” con los árbitros, bastante más comedida en esta ocasión. Los compañeros de Barkley se sintieron arropados al ver a su primer espada a semejante nivel y se dejaron llevar por el momento. Los Seattle Supersonics lo intentaron pero no pudieron hacer nada contra aquel grupo de jugadores que parecía tener una confianza impenetrable. Sólo un Kemp muy desacertado y el veterano Eddie Johnson plantaron batalla a la escuadra de “Sir Charles” Barkley, que a falta de 40 segundos, se retiraba al banquillo con unos estratosféricos 44 puntos y 24 rebotes.

De camino al banquillo se abraza con varios jugadores, pero su gesto es serio, no parece contento. Cuando por fin se sienta, extenuado física y mentalmente por el esfuerzo, cubre su cara con la toalla para que la gente no vea lo que presumiblemente eran lágrimas. El árbitro pita el final y llega la locura, lo han conseguido, están en las finales de la NBA. Todo el mundo corre a abrazarse y mientras tanto Barkley se acerca a saludar afectuosamente a George Karl, que también le abraza y le dice algo al oído mientras sonríe. ¿Qué le pudo decir? En mi cabeza, por lo menos, siempre me imaginé que sería algo así como: “Mucha suerte, Charles, ahora te queda lo peor”

Y es que, al igual que en un videojuego de plataformas de los 90´, daba igual que hubieran superado mil y una adversidades, porque aún quedaba el monstruo final…

 

NBA Finals: Chicago Bulls

Mientras los Suns batallaba con todos los contenders del Oeste hasta la extenuación, en el otro lado del país, nuestro particular enemigo final, los Bulls de Michael Jordan,  habían barrido en 1ª ronda a los Hawks (3 -0), en segunda ronda a los Cavaliers (4 – 0) y solamente los Knicks le habían opuesto algo de resistencia en la final de conferencia Este (4 – 2). El resultado de la ecuación era sencillo: Además de estar entrenados por Phill Jackson y tener al mejor jugador/dupla defensiva del planeta,  los de Chicago habían jugado 13 partidos por 18 de los Suns.

Los Suns afrontaban las finales con una extraña mezcla entre la valentía que te otorga el hecho de no tener nada que perder, y el miedo que infundía jugar contra Michael Jordan y los bicampeones Bulls, ávidos del Threepeat. Paul Westphal, que curiosamente había participado en la otra final que disputaron los Suns (como jugador) en 1976, mantenía esa imagen de seriedad que le había caracterizado durante toda la campaña, sabedor de que si había un momento en el que debía transmitir confianza al equipo, era aquel. Barkley hacía lo propio pero a su manera. Había sido compañero de Jordan y Pippen aquel verano en “Dream Team” de Barcelona y debía intentar demostrar a sus compañeros que eran gente normal, de carne y hueso, así que los acercamientos prepartido entre Charles y Michael se tornaron un factor psicológico muy importante.

Comenzaba el primer partido de las ansiadas finales y los Bulls quisieron dejar las cosas meridianamente claras desde el principio. La durísima intensidad defensiva de los hombres de Phill Jackson no tardó en dar sus frutos y la primera acción se saldó con un robo de Jordan y un rapidísimo contraataque en superioridad que culminó Pippen. Pese a ello, los Suns plantaron batalla y perdieron el primer encuentro por un margen de 8 puntos.  Barkley jugó 46 minutos a toda la intensidad que se pudo permitir. Era su batalla. Él los había guiado hasta allí, así que vencería o perecería en el intento.

El segundo encuentro será recordado como uno de los duelos individuales más sublimes de la historia de las finales de la NBA. Barkley se resistía a perder el segundo encuentro en casa y Michael quería amarrarlo como fuera. La lucha sin cuartel de ambos sobre el parqué, acabó con  42 puntos y 13 rebotes para el 34 de los Suns, por 42 puntos, 12 rebotes y 9 asistencias para el 23 de los Bulls. La segunda victoria caía del lado de Chicago por un apretado 111 a 108.

Muchos volvieron a dar a  los Suns por muertos, y realmente así lo parecía. Habían nadado mucho pero estaban muriendo a la orilla de manera trágica. Otra vez los dieron por muertos y otra vez se volvieron a equivocar, pues aquel ataque fluido y sin complejos que había caracterizado a aquel equipo a lo largo de la temporada, reapareció en chicago en el tercer partido para arrancarle la victoria a los todopoderosos Bulls después de 3 prórrogas.  Ni siquiera el mejor Jordan (44/9/6) fue capaz de contrarrestar el empuje colectivo de los Suns. La intensidad, la garra y la veteranía de Ainge y Chambers en los últimos compases, fueron claves. Bueno, eso y el empuje constante de Barkley, que a 1:44 del final, y después de haber disputado 52 minutos de partido, le robaba un balón a Michael Jordan y anotaba colocando a los Suns 5 arriba. El inconmensurable esfuerzo de Barkley le hizo terminar el partido con dificultades para continuar de pie.

Pero la victoria le hizo olvidar cualquier mal. Había llegado hasta allí y había demostrado que era posible tumbar a los campeones. Cuando todo parecía acabado, se abrió un enorme halo de esperanza, tan grande como el silencio que se produjo en el Chicago Stadium. Fue la primera vez en toda la serie que Michael Jordan había puesto cara de auténtica preocupación. ¿Habrían subestimado a su enemigo?…

Pero el 23 de los Bulls era el mejor del mundo por algo, así que en el cuarto partido, el “Dios disfrazado de Michael Jordan” bajó de los cielos para anotar 55 puntos con un 57% de acierto y contrarrestar la coral ofensiva de los Suns que esta vez resultó insuficiente.

No así en el 5º, donde Barkley volvió a enardecer  a los suyos con sus acciones sobre la pista, llevándolos a una inesperada victoria que ponía el 3 a 2 en el casillero. Barkley había jugado hasta la fecha una media de casi 47 minutos por partido a un nivel de intensidad estratosférico, y las consecuencias empezaban a ser evidentes. Por suerte, Kevin Johnson y el novato Richard Dumas, emergieron para ayudar en el momento justo. Jordan mientras tanto, seguía a lo suyo (44 pts) acechante y a la espera de asestarles el zarpazo definitivo que acabara con aquel correoso equipo que tantos problemas le estaba dando.  Y así, con un Barkley consumido por el esfuerzo de llevar meses tirando de aquel carro, se llegó al sexto partido en Phoenix. Y lo intentaron, ¡Vaya si lo intentaron! “Sir Charles” y los Suns sacaron fuerzas de flaqueza y a falta de 1 minuto para concluir el encuentro, defendían una ventaja de 4 puntos como un gato panza arriba entre los ensordecedores vítores de su público, que se agarraban a aquella esperanzadora visión que tenían ante sí. El problema era que “alguien tenía otros planes”

En la siguiente jugada, Jordan coge un rebote en su propia canasta, inicia un contraataque en solitario y realiza un “coast to coast” cruzando por en medio de la zona rival como si jugase contra cadetes y estuviese en el primer minuto del partido. El minuto final continúa y los Suns exceden los 24 segundos de posesión  ante la asfixiante defensa de ayudas de los Bulls. Chicago pierde por 2 puntos y tiene posesión a 14 segundos del final. Jordan sube el balón, se lo da a Pippen en el centro, Pippen penetra y dobla a Horace Grant que abre para el único jugador al que Los Suns han dejado solo, John Paxon. El base de los Bulls lleva desde que comenzó la jugada solo en la línea de tres, esperando a que Jordan y Pippen arrastren a toda la defensa hacia el lado derecho. La jugada diseñada por Phill Jackson en el tiempo muerto previo, funcionó a la perfección y Paxon hizo de héroe inesperado. El triple entró y con el desaparecieron las opciones de los Suns.

Aun dispuso Paul Westphal de un último tiempo muerto en el que intentaron diseñar un tiro ganador a falta de 3.9 segundos para el final, pero no funcionó. Kevin Johnson sacó de banda y después de un “hand off” con Oliver Miller, esquivó a Horace Grant y se levantó en una desesperada suspensión a media distancia que atajó el propio Grant taponando desde atrás.  «It’s over».

Barkley felicita a Pippen y se abraza con su amigo Jordan. Su cara es un auténtico poema cuando encamina los vestuarios. Los Bulls conseguían el ansiado Threepeat, Jordan su tercer MVP de las finales y los Suns se quedaban a las puertas de un sueño posible. En la memoria de todos, especialmente en la de Barkley, todos aquellos errores que les llevaron a perder 2 partidos por la mínima. Lejos de estar abatido, Westphal declaró:

“He estado en equipos que han ganado muchos partidos, incluso en uno que ganó un campeonato, pero jamás pensé que iba a estar con un equipo tan interesante, divertido y excitante como éste”

El sueño se acabó y la gesta no se pudo culminar, pero en la memoria histórica de la competición, ha quedado grabado como lo que fue. La temporada 92/93 de los Suns de Phoenix representó uno de los mayores esfuerzos realizados por un jugador para conseguir transformar a un grupo de jugadores en un equipo competitivo. Un equipo donde todos y cada uno de sus componentes comprendieron la importancia que tenían en el proyecto gracias a las  oportunidades que tuvieron para demostrarlo. Después de eso, aquel jugador, comandó magistralmente a aquel cohesionado grupo a lo largo de cruentas batallas con poderosos enemigos,  hasta conseguir llevarlos a lo más alto, donde solamente el más grande de todos los tiempos en su plenitud de facultades físicas, fue capaz de detenerlos.

Lo demás, es historia…

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